Esta es la oración del Ave María: «Dios te salve, María, llena eres de gracia, el Señor es contigo. Bendita eres entre todas las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre; Jesús. Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.»
EL AVE MARÍA, EXPLICADO FRASE POR FRASE
El Ave María tiene una estructura muy particular. El Catecismo explica que la oración mariana tiene habitualmente dos movimientos:
- primero, engrandece al Señor por las maravillas que ha realizado en María;
- después, confía a la Madre de Jesús las súplicas de los hijos de Dios.
El Catecismo afirma que este doble movimiento encuentra una expresión privilegiada precisamente en el Ave María.
Además, la primera parte de la oración procede directamente del Evangelio: reúne el saludo del ángel Gabriel y las palabras de Isabel, llena del Espíritu Santo. La segunda parte es la súplica de la Iglesia a la Madre de Dios.
Y toda la oración está inseparablemente unida a Jesucristo. La Iglesia enseña que la oración a María está centrada en la persona de Cristo manifestada en sus misterios.
«DIOS TE SALVE»
La expresión tradicional española puede resultar extraña actualmente.
El Catecismo la presenta también como:
«Alégrate, María».
Es el saludo del ángel Gabriel en la Anunciación.
Pero hay algo importante: Gabriel no llega por iniciativa propia.
Ha sido enviado por Dios.
Por eso, al comenzar el Ave María, repetimos el saludo que Dios quiso dirigir a María mediante su mensajero.
El Catecismo dice expresamente que la salutación del ángel Gabriel abre la oración del Ave María.
Así que «Dios te salve» o «Alégrate» no es solamente una forma antigua de decir «hola».
Es el comienzo de un acontecimiento decisivo en la historia de la salvación:
Dios está a punto de anunciar la Encarnación de su Hijo.
En palabras sencillas:
«Alégrate, María: Dios ha venido a tu encuentro y está realizando en ti una obra única en la historia de la salvación.»
«MARÍA»
Estamos hablando de María de Nazaret, una mujer real de la historia.
Pero según la fe católica, no estamos hablando simplemente de una mujer que vivió hace dos mil años y cuyo recuerdo conservamos.
Estamos hablando de la Madre de Jesucristo, que al término de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo y fue enaltecida por Dios como Reina del universo. Así lo enseña expresamente el Catecismo.
Por eso, cuando la Iglesia se dirige hoy a María, se dirige a una persona que cree viva y glorificada junto a su Hijo.
El Catecismo enseña además que su maternidad continúa respecto a los discípulos de Cristo: María es nuestra Madre en el orden de la gracia y continúa ejerciendo su intercesión maternal.
Por tanto, al pronunciar su nombre no estamos simplemente recordando a un personaje bíblico.
Estamos dirigiéndonos a:
la Madre de Jesús, Madre de Dios, Madre nuestra en el orden de la gracia, asunta al cielo y Reina del universo.
«LLENA ERES DE GRACIA»
Ésta es una de las expresiones fundamentales de la oración.
No dice simplemente:
«María, eres una buena mujer.»
Gabriel la saluda como:
«llena de gracia».
El Catecismo explica que María está llena de gracia porque el Señor está con ella.
Toda su grandeza tiene su origen en Dios.
La Iglesia enseña que para ser Madre del Salvador María fue enriquecida por Dios con dones correspondientes a una misión tan grande. Y enseña también que, por una gracia singular de Dios y en previsión de los méritos de Jesucristo, fue preservada inmune de toda mancha del pecado original desde el primer instante de su concepción.
Es lo que la Iglesia llama la Inmaculada Concepción.
Por tanto, la santidad extraordinaria de María no es independiente de Dios.
Es precisamente una de las manifestaciones más extraordinarias de lo que la gracia de Dios ha realizado en una criatura.
La Iglesia enseña que María fue redimida de manera singular por Cristo.
Así que «llena de gracia» no disminuye su grandeza diciendo simplemente que «todo viene de Dios».
Al contrario:
manifiesta hasta qué punto Dios la colmó de gracia para la misión única que le había confiado.
En palabras sencillas:
«María, Dios te ha colmado de su gracia de una manera absolutamente singular y te ha preparado para ser la Madre de su Hijo.»
«EL SEÑOR ES CONTIGO»
Estas palabras continúan el saludo de Gabriel.
Y explican, en cierto sentido, todo lo anterior.
María está llena de gracia porque Dios está con ella.
Pero en la Anunciación esta frase adquiere una profundidad extraordinaria.
El Hijo eterno de Dios va a ser concebido realmente en ella.
El Verbo va a hacerse carne.
El que ella llevará en su vientre no será simplemente un hombre especialmente elegido por Dios.
Será el Hijo eterno del Padre hecho verdaderamente hombre.
El Catecismo enseña que aquel a quien María concibió por obra del Espíritu Santo y que se hizo verdaderamente su Hijo según la carne es el Hijo eterno del Padre, la segunda Persona de la Santísima Trinidad.
Así que «el Señor es contigo» va a adquirir un significado que ninguna otra criatura había vivido de ese modo:
Dios mismo habitará corporalmente en su seno.
«BENDITA TÚ ERES ENTRE TODAS LAS MUJERES»
Aquí cambia la persona que habla.
Las primeras palabras proceden de Gabriel.
Éstas proceden de Isabel.
Cuando María llega a visitarla, el Evangelio señala que Isabel queda llena del Espíritu Santo y exclama que María es bendita entre las mujeres y bendito el fruto de su vientre.
El Catecismo recuerda expresamente que Isabel, llena del Espíritu Santo, es la primera de la larga serie de generaciones que llamarán bienaventurada a María.
Y existe una razón que el propio Evangelio destaca:
María creyó.
El Catecismo dice:
«María es bendita entre todas las mujeres porque ha creído en el cumplimiento de la palabra del Señor».
No fue un instrumento pasivo.
Escuchó el anuncio.
Preguntó.
Creyó.
Y dio libremente su consentimiento:
«Hágase en mí según tu palabra».
Vaticano II enseña que María cooperó de una manera enteramente singular a la obra del Salvador mediante su obediencia, fe, esperanza y ardiente caridad.
Por eso la Iglesia la llama bendita.
«ENTRE TODAS LAS MUJERES»
Esta expresión indica la singularidad de María dentro de la humanidad.
Es verdaderamente una criatura humana.
Pero ocupa un lugar único en el designio de Dios.
Vaticano II la llama:
«Madre excelsa del divino Redentor»,
y afirma que cooperó de forma enteramente impar a la obra del Salvador.
La Iglesia no considera a María simplemente «una santa más».
Su misión es irrepetible:
ninguna otra criatura es Madre del Hijo eterno de Dios hecho hombre.
Por eso la veneración que la Iglesia le tributa tiene también un carácter singular.
Todo ello permanece siempre subordinado a Dios, de quien recibe todo; pero precisamente lo que Dios hizo en ella es excepcional.
«Y BENDITO»
La bendición dirigida a María conduce inmediatamente hacia su Hijo.
María es bendita.
Y bendito es:
el fruto de su vientre.
Aquí el Ave María muestra algo esencial de la doctrina católica sobre María:
su identidad está inseparablemente ligada a Cristo.
Dios la eligió para ser su Madre.
Ella acogió al Hijo.
Lo llevó en su seno.
Lo dio a luz.
Lo alimentó.
Lo educó.
Permaneció unida a Él.
Y estuvo junto a Él también al pie de la Cruz.
Vaticano II habla explícitamente de María concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre y padeciendo con Él junto a la Cruz.
«EL FRUTO»
Esta palabra expresa una realidad verdaderamente corporal.
Jesús es realmente fruto del vientre de María.
La Encarnación no fue una apariencia.
El Hijo de Dios asumió verdadera naturaleza humana.
María no fue simplemente un lugar por el que Cristo «pasó».
El Catecismo dice que Jesús se hizo verdaderamente su Hijo según la carne.
Por eso María es verdaderamente su madre.
Jesús recibió de ella verdadera humanidad.
«DE TU VIENTRE»
Aquí la oración nos coloca directamente ante el misterio de la Encarnación.
El Hijo eterno de Dios estuvo realmente en el vientre de María.
Fue concebido.
Se desarrolló como ser humano.
Nació de ella.
La Iglesia profesa en el Credo que Jesucristo:
se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre.
No es una imagen poética.
Es una afirmación sobre un acontecimiento real.
Dios quiso entrar en la historia humana haciéndose verdaderamente hombre en el seno de María.
«JESÚS»
Y llegamos al nombre del Hijo.
Todo lo que se ha dicho anteriormente desemboca aquí.
María está llena de gracia.
El Señor está con ella.
Es bendita entre las mujeres.
Y el fruto de su vientre es bendito.
Jesús.
La oración mariana católica está centrada en Cristo.
El Catecismo enseña expresamente que las Iglesias han desarrollado la oración a la Madre de Dios centrándola sobre la persona de Cristo manifestada en sus misterios.
Así que la primera mitad del Ave María puede verse como un movimiento que conduce progresivamente:
de María hacia Jesús.
Y después de nombrar a Jesús empieza la súplica.
«SANTA MARÍA»
Ahora comienza la segunda parte del Ave María.
Ya no estamos repitiendo directamente las palabras de Gabriel e Isabel.
Ahora habla la Iglesia.
Y la llama:
Santa María.
La Iglesia profesa una santidad absolutamente singular en María.
El Catecismo la presenta como la Toda Santa, enteramente sostenida por la gracia de Dios.
Su santidad es obra de la gracia.
Pero es una obra verdaderamente realizada en ella.
Por tanto, llamar a María «santa» no es simplemente una expresión de cariño.
Es reconocer la obra extraordinaria que Dios ha llevado a cabo en ella.
«MADRE»
Aquí utilizamos la palabra en su sentido verdadero.
María es verdadera Madre de Jesús.
No madre simbólica.
No madre adoptiva.
No solamente madre de «la humanidad» de Jesús considerada separadamente de Él.
Es madre de la persona que nació de ella.
Y esa Persona es el Hijo eterno de Dios hecho hombre.
El Catecismo dice que Jesucristo se hizo verdaderamente su Hijo según la carne.
«DE DIOS»
Éste es uno de los títulos centrales de la fe católica:
María, Madre de Dios.
En griego:
Theotokos.
El Catecismo enseña:
«La Iglesia confiesa que María es verdaderamente Madre de Dios».
La razón es cristológica.
Aquel que María concibió y dio a luz no es otra persona distinta del Hijo eterno de Dios.
Jesús es una sola Persona divina, el Hijo eterno del Padre, que posee verdadera naturaleza divina y verdadera naturaleza humana.
Por tanto:
María es madre de Jesús.
Jesús es Dios.
María es verdaderamente:
Madre de Dios.
Esto no significa que María sea origen de la divinidad.
No significa que sea madre del Padre o del Espíritu Santo.
Significa que la Persona a la que ella dio a luz es verdaderamente Dios.
Y precisamente por eso el título «Madre de Dios» protege una verdad fundamental acerca de Jesucristo.
¿QUÉ SIGNIFICA TODO ESTO SOBRE LA DIGNIDAD DE MARÍA?
Aquí conviene decir claramente lo que enseña la Iglesia.
María fue elegida para ser Madre de Dios.
Fue colmada de gracia.
Fue preservada del pecado original por singular gracia de Dios.
Permaneció unida a Cristo durante su vida y su Pasión.
Es nuestra Madre en el orden de la gracia.
Y al terminar su vida terrena fue:
«asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo»
y
«enaltecida por Dios como Reina del universo».
Así lo enseña textualmente el Catecismo.
Es importante distinguir los términos:
Cristo asciende al cielo.
María es asunta al cielo.
La Ascensión de Cristo ocurre por su propio poder divino.
La Asunción de María es una acción de Dios sobre ella.
La Iglesia enseña además que la Asunción de María constituye una participación singular en la Resurrección de su Hijo y una anticipación de la resurrección de los demás cristianos.
Por eso, según la fe católica, María está actualmente glorificada en cuerpo y alma junto a Cristo.
Y es verdaderamente proclamada:
Reina del universo.
Su realeza procede de su unión singular con Cristo, su Hijo, Rey y Señor.
«RUEGA»
Ahora llegamos a una palabra fundamental para comprender qué estamos haciendo.
La Iglesia dice:
«ruega».
Es decir:
intercede.
Pero aquí conviene no reducir la petición a la comparación de «pedirle a cualquier amigo que rece por nosotros».
Existe esa semejanza, porque los cristianos intercedemos unos por otros.
Pero la Iglesia atribuye a María una misión maternal singular.
Vaticano II enseña que su maternidad en el orden de la gracia perdura sin cesar y que, asunta al cielo, continúa con su intercesión ejerciendo su cuidado maternal sobre los hermanos de su Hijo.
El Catecismo dice:
«María es Madre de Dios y madre nuestra; podemos confiarle todos nuestros cuidados y nuestras peticiones».
Así que:
«Ruega por nosotros»
significa confiar nuestras necesidades a la oración maternal de la Madre de Cristo y Madre nuestra en el orden de la gracia.
¿PERO CRISTO NO ES EL ÚNICO MEDIADOR?
Sí.
Y ésta es enseñanza explícita de la Iglesia.
Jesucristo es el único Mediador entre Dios y los hombres.
La maternidad espiritual y la intercesión de María no compiten con esta mediación ni la completan como si a Cristo le faltara algo.
Vaticano II enseña expresamente que la función maternal de María:
no oscurece ni disminuye la mediación única de Cristo, sino que depende enteramente de ella.
El Catecismo lo expresa de forma muy bella:
Jesús, el único Mediador, es el Camino; María, su Madre y nuestra Madre, muestra el Camino.
Por tanto, en la doctrina católica:
Cristo es el Salvador y único Mediador.
Y María, por voluntad de Dios y enteramente dependiente de Cristo, ejerce una verdadera intercesión maternal por los miembros de su Hijo.
«POR NOSOTROS»
No decimos solamente:
por mí.
Decimos:
por nosotros.
La oración de la Iglesia nunca es completamente individual.
Cuando pedimos la intercesión de María lo hacemos como miembros de una familia, la Iglesia.
Y según Vaticano II, su cuidado maternal se extiende precisamente a los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan entre peligros y dificultades hasta alcanzar la patria celestial.
«PECADORES»
Aquí reconocemos nuestra verdadera condición delante de Dios.
No acudimos diciendo:
«ruega por nosotros porque ya somos santos».
Decimos:
«pecadores».
El propio Catecismo comenta esta palabra:
«Pidiendo a María que ruegue por nosotros, nos reconocemos pecadores».
Necesitamos misericordia.
Necesitamos conversión.
Necesitamos perseverancia.
Necesitamos la gracia de Dios.
Y confiamos nuestra debilidad a la oración de la Madre de Jesús.
«AHORA»
El Catecismo se detiene expresamente en esta palabra.
Ahora.
En el presente concreto de nuestra vida.
No estamos pidiendo únicamente la intercesión de María para acontecimientos extraordinarios.
Se la confiamos:
nuestra vida,
nuestras preocupaciones,
nuestras luchas,
nuestras necesidades,
nuestra conversión.
El Catecismo dice:
«Nos ponemos en sus manos “ahora”, en el hoy de nuestras vidas».
Ahora significa:
«Madre, ruega por nosotros en este momento concreto de nuestra peregrinación.»
«Y EN LA HORA»
La oración salta entonces desde el presente hasta el momento decisivo con el que terminará nuestra vida terrena.
Hay dos momentos explícitamente confiados a su intercesión:
ahora
y
la hora de nuestra muerte.
Entre esas dos palabras cabe prácticamente toda nuestra vida.
«DE NUESTRA MUERTE»
La Iglesia contempla la muerte a la luz de Cristo.
No la considera simplemente desaparición.
Es el final de nuestra peregrinación terrena y el paso hacia nuestro encuentro definitivo con Dios.
Y aquí el Catecismo ofrece una de las explicaciones más hermosas de toda la oración.
Pedimos que María esté presente entonces como estuvo presente junto a su Hijo en la Cruz y que, en la hora de nuestro tránsito, nos acoja como madre para conducirnos a su Hijo Jesús, al Paraíso.
Esto expresa de manera extraordinaria la maternidad espiritual de María.
No le pedimos solamente:
«acuérdate de nosotros».
Le pedimos:
«sé madre nuestra también en el momento en que termine nuestra vida terrena».
Y el destino final vuelve a ser:
Jesús.
«AMÉN»
Como en las demás oraciones cristianas:
así sea.
Aceptamos y hacemos nuestra la oración.
Confiamos en Dios.
Y confiamos nuestras súplicas a la intercesión maternal de María.
ENTONCES, ¿QUÉ ESTOY DICIENDO REALMENTE CUANDO REZO EL AVE MARÍA?
Podríamos expresarlo de esta manera, sin sustituir la oración sino entendiendo lo que estamos diciendo:
Dios te salve, María:
me uno al saludo que Dios te dirigió por medio del ángel.
Llena eres de gracia:
reconozco la gracia singular con que Dios te ha colmado y preparado para tu misión.
El Señor es contigo:
Dios te escogió y el Hijo eterno vino verdaderamente a habitar en tu seno.
Bendita tú eres entre todas las mujeres:
con Isabel, llena del Espíritu Santo, te proclamo bienaventurada por tu fe y por la obra singular que Dios realizó en ti.
Y bendito es el fruto de tu vientre:
tu maternidad me lleva hacia aquel a quien concebiste, llevaste y diste verdaderamente a luz.
Jesús:
tu Hijo, el Hijo eterno de Dios hecho hombre y nuestro Salvador.
Santa María:
reconozco la santidad singular que Dios ha realizado en ti.
Madre de Dios:
profeso que Jesucristo, verdadero hijo tuyo según la carne, es verdaderamente Dios.
Ruega por nosotros:
te confiamos nuestras necesidades y pedimos tu intercesión maternal.
Pecadores:
reconocemos humildemente que necesitamos misericordia, conversión y gracia.
Ahora:
acompáñanos con tu oración en nuestra vida presente.
Y en la hora de nuestra muerte:
sé madre nuestra también en ese momento definitivo y condúcenos a tu Hijo.
Amén:
que así sea.
Y ¿QUIÉN ES ENTONCES LA MUJER A LA QUE DECIMOS «AVE MARÍA»?
Según la enseñanza oficial de la Iglesia Católica:
Es María de Nazaret.
La llena de gracia.
La Virgen.
La Inmaculada.
La verdadera Madre de Jesucristo.
La verdadera Madre de Dios.
La que creyó y dio libremente su sí a Dios.
La que concibió, engendró y alimentó verdaderamente a Cristo.
La que permaneció unida a su Hijo hasta la Cruz.
La que es nuestra Madre en el orden de la gracia.
La que, terminada su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial.
La que fue enaltecida por Dios como Reina del universo.
La que continúa ejerciendo su intercesión y cuidado maternal sobre los discípulos de su Hijo.
Y todo esto existe en absoluta dependencia de Dios y de la obra salvadora de Jesucristo, único Salvador y único Mediador.
Por eso el Ave María no consiste simplemente en «decir cosas bonitas sobre María».
En la primera parte proclamamos lo que Dios hizo en ella y el misterio de Cristo que ella llevó en su seno.
Y en la segunda parte nos dirigimos a esta misma María —Madre de Dios, glorificada junto a su Hijo y Madre nuestra en el orden de la gracia— y le decimos:
«Ruega por nosotros.»
Ahora.
Durante nuestra vida.
Y cuando llegue nuestra muerte.
Para que, como enseña el Catecismo, finalmente nos conduzca: