Esta es la oración del Padre Nuestro: «Padre nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea Tú nombre, venga a nosotros Tú Reino, hágase Tú voluntad, en la Tierra como en el Cielo. Danos hoy nuestro pan de cada día. Perdona nuestras ofensas así como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. No nos dejes caer en tentación, y líbranos del mal.«
Antes: ¿de dónde sale exactamente el Padre Nuestro?
Aparece en dos Evangelios:
- Mateo 6,9-13, dentro del Sermón de la Montaña.
- Lucas 11,1-4, cuando un discípulo ve a Jesús orando y le pide: «Señor, enséñanos a orar».
Lucas conserva una versión más breve; Mateo, siete peticiones. La tradición litúrgica católica adoptó la versión de Mateo.
Eso ya dice algo precioso: el Padre Nuestro nace de una pregunta.
«Jesús, enséñame a hablar con Dios.»
Y ésta es su respuesta.
«PADRE»
Probablemente ésta sea la palabra más importante de toda la oración.
No comienza:
Dios todopoderoso…
Creador…
Juez…
Señor del universo…
Aunque Dios es todo eso.
Jesús empieza enseñándonos:
Padre.
En la oración cristiana esto no es simplemente una metáfora bonita. Por Cristo somos introducidos en la relación del Hijo con el Padre. El Espíritu nos permite decir «Abbá, Padre».
Pero aquí hay una precisión católica importante.
No significa:
«Dios es como mi papá humano.»
El Catecismo advierte expresamente que debemos purificar nuestras imágenes humanas de paternidad. Una persona puede haber tenido un padre maravilloso, ausente, autoritario o terrible. Dios no debe ser proyectado a partir de esa experiencia. Su paternidad trasciende las categorías humanas.
Entonces «Padre» significa, entre otras cosas:
origen, amor, providencia, pertenencia, confianza, autoridad y una relación filial que Cristo nos concede.
Y además significa algo radical:
puedo acercarme.
El Catecismo habla incluso de una especie de «audacia humilde»: la certeza de ser amado.
Cuando dices «Padre», estás diciendo:
«No estoy hablando con una fuerza anónima del universo. Estoy delante de Alguien que me conoce, me ama y me permite acercarme como hijo.»
«NUESTRO»
No dice:
Padre mío.
Dice:
Padre nuestro.
Una sola palabra destruye una religión completamente individualista.
El Catecismo dice que ese «nuestro» no expresa posesión, como si Dios nos perteneciera. Expresa una relación nueva con Él y nuestra comunión unos con otros.
Por eso Francisco observaba algo muy interesante: en todo el Padre Nuestro prácticamente desaparece el «yo».
No dices:
- dame,
- perdóname,
- protégeme,
- líbrame.
Dices:
- danos,
- perdónanos,
- no nos dejes,
- líbranos.
La oración cristiana introduce a los demás incluso cuando estoy rezando solo.
Y el Catecismo lleva esto todavía más lejos: cuando rezamos «nuestro», nuestra oración debe abrirse hacia todos, también hacia aquellos que todavía no conocen a Dios.
Cuando dices «nuestro», estás diciendo:
«No llego solo delante de ti. Traigo conmigo a mis hermanos y, de alguna manera, a toda la humanidad.»
Esto hace imposible rezar bien el Padre Nuestro y al mismo tiempo pensar:
«A mí que me vaya bien y que los demás se arreglen.»
«QUE ESTÁS EN EL CIELO»
Aquí aparece otra interpretación equivocada muy común.
No significa:
«Dios vive físicamente allá arriba, muy lejos.»
El Catecismo lo dice explícitamente:
«no significa un lugar [“el espacio”] sino una manera de ser»
El «cielo» expresa la trascendencia, majestad y santidad de Dios, pero también puede expresar su presencia en el corazón de quienes viven en Él.
Y tiene otra dimensión:
el cielo es la Casa del Padre y, por tanto, nuestra patria definitiva.
Así que las primeras palabras contienen una tensión preciosa:
Padre → está íntimamente cerca.
En el cielo → es infinitamente mayor que yo. Yo quiero ir ahí con Él, y por ello hago lo que me toca acá, sin cuestionarlo. Dice que Jesús es la puerta para llegar allá, así que yo sigo a Jesús.
Ni un Dios distante e inaccesible.
Ni un «amigo imaginario» reducido a mi medida.
En palabras sencillas:
«Eres mi Padre, estás cerca de mí, pero sigues siendo Dios. Yo vengo de ti y hacia ti voy.»
«SANTIFICADO SEA»
Aquí también suele haber confusión.
No estamos pidiendo:
«Dios, hazte más santo.»
Dios ya es absolutamente santo.
El Catecismo explica que «santificar» aquí significa fundamentalmente:
reconocer como santo y tratar como santo.
Entonces pedimos que la santidad de Dios sea reconocida…
…por nosotros,
…en nosotros,
…a través de nuestra vida,
…y finalmente por toda la humanidad.
Y aquí aparece algo incómodo.
Si digo que Dios es santo pero vivo de una manera que lo contradice, puedo terminar haciendo precisamente lo contrario: profanar su Nombre ante otros. El Catecismo emplea precisamente esta lógica.
Por tanto:
«Santificado sea» también significa: hazme vivir de tal manera que mi vida no contradiga al Dios que digo amar.
«TU NOMBRE»
En la Biblia el nombre es muchísimo más que una etiqueta.
El Nombre de Dios está relacionado con quién es Él, su revelación y su presencia.
Dios revela su Nombre progresivamente en la historia de la salvación y, finalmente, el Padre se nos da a conocer plenamente por Jesucristo.
Así que no estamos simplemente diciendo:
«Que la palabra “Dios” sea respetada.»
Es algo mayor:
«Santificado sea tu Nombre»
significa:
«Que tú seas reconocido por quien realmente eres. Que yo no te deforme. Que mi vida revele tu santidad en vez de oscurecerla.»
«VENGA»
Curiosamente no decimos:
«Construiremos tu Reino.»
Primero decimos:
«Venga.»
Porque el Reino es, ante todo, obra y don de Dios.
Nosotros colaboramos con él, pero no somos sus propietarios ni sus autores.
«A NOSOTROS»
Otra vez aparece el plural.
No pedimos simplemente:
«Llévame algún día al cielo.»
Estamos pidiendo que el reinado de Dios entre ahora en nosotros y en el mundo.
«TU REINO»
¿Qué Reino?
No es simplemente un territorio.
El término griego basileia puede significar reino, realeza o reinado.
Por eso quizá una forma sencilla de entenderlo sea:
«Que Dios reine.»
El Catecismo enseña que ese Reino:
- se acerca en Cristo,
- se anuncia en el Evangelio,
- llega mediante la muerte y resurrección de Jesús,
- está misteriosamente presente en la Eucaristía,
- crece ahora,
- y alcanzará su plenitud cuando Cristo vuelva.
Es el clásico «ya, pero todavía no plenamente» del cristianismo.
Francisco explicaba que los signos del Reino aparecen allí donde Cristo cura, perdona, levanta al excluido y anuncia la salvación.
Por eso pedir el Reino no significa retirarnos del mundo. El Catecismo dice exactamente lo contrario: la espera del Reino nos compromete a trabajar por justicia y paz.
Decir «venga a nosotros tu Reino» es decir:
«Reina tú en mí. Reina en nosotros. Que el pecado deje de gobernarnos. Que crezcan tu verdad, tu justicia, tu misericordia y tu paz. Y ven finalmente, Señor Jesús, a llevar todo esto a su plenitud.»
«HÁGASE»
Esta palabra es impresionante.
No:
«Explícame tu voluntad.»
Primero:
«Hágase.»
Hay confianza.
Pero tampoco significa pasividad.
El cristiano no dice:
«Pues lo que pase, pasó; Dios quiso todo.»
Eso sería una mala interpretación.
El Catecismo enseña expresamente que Dios no es directa ni indirectamente causa del mal moral. Puede permitirlo respetando la libertad y obtener un bien de él, pero el mal continúa siendo mal.
Así que cuando ocurre una atrocidad no corresponde decir simplistamente:
«Fue voluntad de Dios.»
«TU VOLUNTAD»
¿Qué quiere Dios?
Aquí el propio Catecismo responde utilizando la Escritura:
que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.
Y resume su mandamiento como:
amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado.
Ésa es una clave enorme.
«Hágase tu voluntad» no significa:
«Dios, haz conmigo cosas desagradables para probarme.»
Significa fundamentalmente:
«Que se realice en mí y en el mundo tu designio de amor y salvación.»
Y después:
«Une mi voluntad a la tuya.»
Ahí aparece Getsemaní:
Cristo siente terror y sufrimiento, pero dice al Padre que se haga su voluntad.
Esto significa que el cristiano puede perfectamente decir:
«Padre, esto me duele. No quiero esto. Ayúdame. Pero por encima de lo que yo alcanzo a comprender, quiero permanecer contigo.»
Entregamos completamente nuestro gusto, nuestra preferencia, nuestra opinión, nuestro punto de vista, sobre las cosas. Le decimos que su voluntad, es lo que importa. Rendimos todo lo demás, lo abandonamos, y lo cambiamos por Su Voluntad.
«EN LA TIERRA»
No solamente algún día.
Aquí.
En nuestras familias.
En nuestras decisiones.
En cómo usamos el dinero.
En cómo tratamos al débil.
En cómo perdonamos.
En nuestros trabajos.
En nuestros pensamientos.
El cristianismo no espera únicamente una transformación futura.
Pide que algo del cielo empiece aquí.
Nos rendimos con Fé, desde hoy, a Dios. Su Universo: Sus Reglas.
«COMO EN EL CIELO»
La medida es altísima.
Pedimos que la voluntad de Dios sea acogida en la tierra con la perfección con la que se realiza en el cielo.
Es casi decir:
«Padre, que este mundo deje de resistirse a ti.»
Aceptamos el poder de Dios con humildad sobre todo lo que existe, incluidos toda la creación, aun en la que Él está, y nosotros no podemos aún conocer.
Hasta aquí sucede algo muy curioso:
No hemos pedido absolutamente nada material para nosotros.
Primero:
tu Nombre.
tu Reino.
tu voluntad.
Sólo entonces empiezan nuestras necesidades.
El Catecismo ve aquí una pedagogía del amor: quien ama piensa primero en el amado.
Dios nos amó primero. Es El Amor. Prueba de ese amor es nuestra libertad de elegir, y respetar nuestra decisión por la eternidad. Amarlo de regreso, o rechazarlo.
«DANOS»
Ahora sí.
Y fíjate: pedir no está mal.
Jesús nos enseña explícitamente a pedir.
Danos.
Esto reconoce algo que al ser humano moderno le cuesta aceptar:
no soy autosuficiente.
Francisco lo expresaba precisamente así al comentar esta petición.
Pero nuevamente:
no es dame.
Es danos.
Por eso esta oración me obliga a preocuparme por aquel al que le falta lo que yo estoy pidiendo.
«HOY»
No dice:
«Asegúrame los próximos cincuenta años.»
Dice:
hoy.
Es la espiritualidad de la confianza cotidiana.
Jesús mismo enseña después a no vivir devorados por la preocupación del mañana.
Esto no prohíbe ahorrar, trabajar o prever. El Catecismo aclara que la confianza en la Providencia no implica pasividad.
Es más bien:
«Haré responsablemente lo que me corresponde, pero no viviré creyendo que toda mi existencia depende exclusivamente de mi capacidad para controlarla.»
«NUESTRO PAN»
Primero tiene el significado obvio y hermoso:
lo necesario para vivir.
Comida.
Casa.
Trabajo.
Salud.
Lo realmente necesario.
Pero el Catecismo insiste nuevamente en «nuestro».
Si pido «nuestro pan» mientras otro pasa hambre, esa misma oración me compromete con él.
Francisco hizo una observación fuerte: el pan que pedimos a Dios después nos reclama que sepamos compartirlo.
«DE CADA DÍA»
Aquí hay una joya lingüística.
La palabra griega que utiliza Mateo, epiousios, es rarísima: no aparece en ningún otro lugar del Nuevo Testamento.
Por eso admite una riqueza especial.
El Catecismo recoge varios sentidos:
el alimento necesario para la subsistencia,
pero también el alimento absolutamente esencial,
y de modo eminentemente cristiano:
el Pan de Vida: Cristo mismo en la Eucaristía.
Por tanto esta pequeña frase contiene dos hambres:
«Padre, dame lo necesario para vivir.»
y
«Padre, dame a Cristo, sin quien no tengo la Vida verdadera.»
La Iglesia relaciona explícitamente esta petición con:
la Palabra de Dios y el Cuerpo de Cristo.
«De Cada Día» también nos recuerda no acumular en esta vida, lo cual todo termina siendo polvo. Acumular tesoros en el Cielo. Si tienes de más para mañana, comparte con quien no tiene ni para hoy. Cuidarnos de las riquezas mundanas, ya que llevan a una confusión inconsciente de lo que realmente importa, y es agradar a Dios.
«PERDONA»
Aquí reconocemos una realidad:
necesito misericordia.
No comparecemos delante de Dios diciendo:
«Mira qué buena persona soy.»
Llegamos necesitados de perdón.
Francisco decía que, así como diariamente necesitamos pan, diariamente necesitamos perdón.
Pedir perdón, necesita de humildad. Saber que ofendimos, que hicimos mal, que necesitamos del perdón de Dios. Que queremos, anhelamos el perdón de Dios.
«NUESTRAS OFENSAS»
La fórmula litúrgica española dice «ofensas».
Pero esto tiene una historia interesante.
Mateo utiliza la imagen de «deudas».
Lucas habla de «pecados».
El Catecismo conserva ambas imágenes.
El pecado es una auténtica deuda de amor.
No porque Dios lleve una contabilidad fría, sino porque hemos recibido amor y estamos llamados a responder con amor.
Mientras estemos vivos, ofendemos a Dios, porque vamos contra sus mandatos y sus reglas. Reconocemos que ofendemos, que «nuestras» ofensas son de todos. Todos tenemos ofensas contra Dios. Las mías son las que a mí me toca pedir perdón, y repararlas.
«COMO»
Quizá sea la palabra más peligrosa de toda la oración.
Porque no decimos simplemente:
«Perdóname.»
Decimos:
«Perdóname COMO…»
El Catecismo le dedica mucha atención precisamente a esa palabra.
«TAMBIÉN NOSOTROS PERDONAMOS»
Esto no significa que compremos el perdón de Dios mediante nuestro perdón.
La misericordia sigue siendo gracia.
Pero hay un problema espiritual:
un corazón obstinadamente cerrado a dar misericordia se vuelve incapaz de recibir plenamente misericordia.
El Catecismo lo dice de una manera fortísima: si nos negamos a perdonar, nuestro corazón se endurece y se vuelve «impermeable» al amor misericordioso del Padre.
Pero hay otra precisión importantísima:
Perdonar NO significa:
- afirmar que lo ocurrido estuvo bien;
- fingir que no dolió;
- olvidar mágicamente;
- eliminar necesariamente todas las consecuencias;
- exponerse nuevamente a una persona peligrosa;
- negar la justicia.
De hecho el Catecismo reconoce explícitamente:
«No está en nuestra mano no sentir ya la ofensa y olvidarla».
Lo que puede cambiar es el corazón: la memoria de la herida puede dejar de convertirse en odio y venganza.
Eso me parece fundamental para explicárselo a la gente. Perdonamos de corazón. Le entregamos a Dios lo que sigue (su justicia, venganza o lo que sea, ya no está en nuestras manos. Nosotros nos negamos a seguir odiando, y a vengarnos de ninguna manera). Si habrá alguna justicia de Dios, o sólo su misericordia, sólo Él sabrá.
«A LOS QUE NOS OFENDEN»
No sólo a las personas que nos caen bien.
Aquí Jesús lleva la oración hasta el enemigo.
El Catecismo llama al perdón de los enemigos «cumbre de la oración cristiana».
Ésta es probablemente una de las frases del Padre Nuestro que más transforma al que la toma en serio.
«NO NOS DEJES CAER»
Esta frase necesita mucha explicación porque la traducción puede hacer pensar:
«Dios podría empujarme a pecar y le estoy pidiendo que no lo haga.»
La Iglesia rechaza esa interpretación.
El Catecismo dice expresamente:
«Dios ni es tentado por el mal ni tienta a nadie».
Y reconoce que el griego original es difícil de traducir con una sola expresión. Puede entenderse como:
«no permitas que entremos»
o
«no nos dejes sucumbir».
Francisco explicó también públicamente esta dificultad lingüística.
Por tanto:
«No nos dejes caer» significa:
«Padre, cuando llegue el combate, no me abandones a mi debilidad. Dame discernimiento y fuerza para no consentir.»
En esta frase se le pide misericordia a Dios, sin embargo nos pone en tarea de fortalecernos para poder vencer al pecado. La única manera es haciendo oración constante, acercarnos a los sacramentos, para ir creciendo en gracia y virtudes. Entre más cercanos estemos, y lo hagamos diario, más fácil es vencer la tentación.
«EN LA TENTACIÓN»
La Iglesia distingue entre:
prueba
y
tentación que conduce al pecado.
Y además distingue:
ser tentado
de
consentir en la tentación.
Esto es importantísimo.
Experimentar una tentación no equivale a haber pecado.
El combate empieza precisamente allí.
Por eso rezamos:
«Ayúdame a reconocer el engaño antes de elegirlo.»
Porque el Catecismo señala que la tentación suele presentarse como algo:
bueno, atractivo, deseable, cuando su fruto termina destruyéndonos.
Por ejemplo puedes tener un mal pensamiento, para cuando te das cuenta que es pecaminoso, lo desechas de inmediato (lo dejas de pensar). La tentación llegó, y la venciste antes que se convirtiera en algo que ya consentiste o hiciste tú por tu propia mano.
«Y LÍBRANOS»
No dice simplemente:
«Enséñanos a aguantar.»
Dice:
líbranos.
La fe cristiana espera una verdadera victoria del bien.
No estamos condenados a vivir eternamente sometidos al pecado y a la muerte.
«DEL MAL»
Aquí aparece otra sorpresa.
Según el Catecismo, esta expresión no se refiere exclusivamente al mal como concepto abstracto.
La petición se dirige también específicamente contra el Maligno, Satanás.
El Catecismo es muy explícito:
el mal aquí «designa una persona, Satanás, el Maligno».
Pero inmediatamente amplía la petición: pedimos también ser liberados de todos los males presentes, pasados y futuros vinculados al drama del pecado.
Por tanto:
«Líbranos del mal» significa:
«Padre, protégeme del Maligno, del pecado, de aquello que destruye mi comunión contigo y, finalmente, rescata a la humanidad de todo mal.»
Y la oración termina mirando al futuro definitivo:
la victoria de Cristo.
«AMÉN»
No significa simplemente:
«fin de la oración».
El Catecismo recoge su sentido:
«Así sea».
Pero en este contexto tiene una fuerza enorme.
Después de siete peticiones estoy diciendo:
Sí.
Sí a que tu Nombre sea santo en mí.
Sí a tu Reino.
Sí a tu voluntad.
Sí a depender de ti.
Sí a compartir el pan.
Sí a recibir y dar perdón.
Sí a luchar contra la tentación.
Sí a ser liberado del mal.
«Amén» es casi una firma.
Entonces, ¿qué estoy diciendo realmente cuando rezo el Padre Nuestro?
Si tuviera que explicárselo a alguien sin cambiar el contenido católico, pero poniéndolo en lenguaje cotidiano, sería algo así:
Padre: confío en que me amas y me recibes como hijo.
Nuestro: no vengo solo; traigo conmigo a los demás.
Que estás en el cielo: eres cercano, pero eres infinitamente mayor que yo.Santificado sea tu Nombre: que yo y el mundo reconozcamos quién eres, y que mi vida no te contradiga.
Venga a nosotros tu Reino: reina en mí, reina entre nosotros y lleva algún día tu Reino a plenitud.
Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo: enséñame a querer tu bien y tu salvación más que mis propios caprichos, y que este mundo llegue a vivir según tu amor.
Danos hoy nuestro pan de cada día: dame —danos— lo necesario para vivir; hazme confiar en ti y compartir lo recibido; aliméntame también con tu Palabra y con Cristo en la Eucaristía. Dame la valentía de no encariñarme con lo que me sobró hoy, y entregarlo a los que más lo necesiten.
Perdona nuestras ofensas: necesito tu misericordia.
Como también nosotros perdonamos: no permitas que quiera recibir una misericordia que me niego a ofrecer. Sana mis heridas para que no se conviertan en odio.
No nos dejes caer en la tentación: cuando mi libertad sea puesta a prueba, no me abandones; dame claridad y fuerza para elegir el bien.
Y líbranos del mal: protégeme del Maligno, del pecado y de todo aquello que nos separa de ti, y lleva finalmente al mundo a la victoria de Cristo.
Amén: sí, Padre. Que así sea.
Y creo que hay una manera todavía más sencilla de enseñar todo el Padre Nuestro en una sola idea:
Empieza llamando a Dios «Padre» y termina pidiéndole que te libre del mal. Todo lo que hay en medio explica cómo vive un hijo de ese Padre.
Primero aprende quién es Dios.
Después aprende quién eres tú.
Después aprende quiénes son los demás.
Después aprende qué debes desear.
Después aprende qué necesitas.
Después reconoce que pecas.
Después aprende a perdonar.
Después acepta que tendrás combate.
Y finalmente confía en que el mal no tendrá la última palabra.
Eso ayuda a entender por qué la Iglesia puede llamar a esta oración «resumen de todo el Evangelio».
Fuentes: El Catecismo de la Iglesia Católica 2759-2865, el Compendio y el ciclo completo de catequesis de Francisco sobre el Padre Nuestro de 2018-2019, además de sus referencias bíblicas. Son fuentes oficiales de la Santa Sede.
Catecismo: introducción al Padre Nuestro — Vaticano
Catecismo: «Padre nuestro que estás en el cielo» — Vaticano
Catecismo: las siete peticiones — Vaticano